Entre la selva espesa y la humedad asfixiante se pierden por un instante un par de hermanas que sufren su separación momentánea, y a sabiendas de escucharse cerca, continúan su camino para no caer en el desespero. Así se presenta una primera escena tan sencilla y poderosa, y que cobra todo el sentido cuando se han visto correr los créditos.
Esa confidencia y confianza de una verdadera hermandad crece en pocos minutos de rodaje del film, y se hace poderosa con cada palabra escrita en cada carta, y cada lectura de las mismas. Fueron grandes compinches y cómplices de la efervescencia que trae la juventud, siempre nublada por la idiosincrasia machista y cruda, donde la figura de papá y autoridad es intachable, y hoy en día reprochable.
La figura masculina en el film representa la bajeza y pobre mental y social que ha adquirido el hombre como ser dominante y patriarcal, en una sociedad latina enferma y que ha causado grandes traumatismos a las mujeres y sus libertades. Aquellos años de antaño marcaron aún más esa difícil transición de las sociedades por reconocer la igualdad de género. Y aunque esto pueda resultar una lectura entrelíneas, se valora la crudeza del relato para recordarnos la historia desigual e injusta que hemos vivido como sociedad, por años.
La intensidad del film logra calar en la entraña al saber mostrarnos el dolor y la incertidumbre de forma directa, cruda y en carne viva. Perfectamente ambientada en los 50’s, esta película de época sabe conmover con cada nota de piano, con cada grito de mujer, y logra asfixiar de forma continua con cada desengaño. La familia aquí es una muestra de complejidad, y un retrato minúsculo de cómo somos como humanidad.

