Dag Johan Haugerud nació en 1964 en Noruega y antes de hacer cine fue bibliotecario y novelista. Llegó a la dirección casi por accidente, y él mismo ha dicho que si no le hubieran dejado hacer las películas que quería, simplemente habría vuelto a los libros. Esa libertad se nota.
En dos años rodó tres películas: Sex, Love y Dreams, una trilogía sobre las relaciones humanas ambientada en Oslo contemporáneo. Sex se presentó en Berlín 2024, Love en Venecia 2024, y Dreams ganó el Oso de Oro en Berlín 2025 — el primero en la historia del cine noruego.
Lo que hace especial estas películas es que hablan de sexo, deseo e identidad con una naturalidad poco frecuente, sin juicios, con mucho diálogo, cine de conversaciones que, sin embargo, deja una huella larga.
Lo interesante es que las dudas no aparecen de golpe. Van creciendo con el paso de los días, con cada nueva conversación, casi sin que los personajes se den cuenta. Y Oslo funciona como el escenario perfecto para eso: una ciudad abierta, con cielos amplios, donde esta sociedad noruega parece genuinamente dispuesta al diálogo y a la comprensión sobre la libertad sexual, sin aspavientos ni dramas innecesarios.
Sex es una película compleja y bien ejecutada, que logra algo difícil: hablar de identidad y deseo sin forzar conclusiones. Los personajes no saben bien lo que sienten, y eso se siente verdadero. Haugerud confía en el diálogo y en la pausa, y el resultado es una película que incomoda y fascina en igual medida.
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El amor aparece también en otro lugar inesperado: el trabajo. Ambos son profesionales de la salud, y en ese entorno la compasión y el cuidado del otro se convierten en otra forma de querer. Alrededor de ellos orbitan personajes con situaciones complejas — enfermedades, miedos, conexiones inesperadas — que recuerdan que la vida íntima nunca existe separada de la fragilidad del cuerpo y del tiempo. Haugerud no juzga a nadie ni ofrece respuestas fáciles. Simplemente muestra que no hay una sola manera de querer, y que entender eso es más difícil de lo que parece.
Es quizás la más radical de las tres, no por lo que muestra sino por lo que propone: que el modelo heterosexual convencional es solo una opción entre muchas, y que la libertad sexual de unos puede enseñarle algo valioso a otros. Oslo nocturno, el ferry, los pasillos del hospital — todo funciona como escenario de una sociedad que conversa sin aspavientos sobre temas que en otras latitudes aún generan conflicto. Una película de personas complejas, sin héroes ni villanos, que termina sin grandes resoluciones porque así es, justamente, como se desarrolla la vida.
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Las visitas de Johanne a la casa de su profesora ocurren bajo el pretexto de clases de tejido, y Haugerud convierte esa lana, esos suéteres gruesos y ese ambiente acogedor en una metáfora sensorial del deseo: algo suave, envolvente, que da abrigo pero también atrapa. La línea entre lo que ocurrió y lo que Johanne imaginó nunca queda clara, y esa ambigüedad es el corazón de la película. Cuando la madre y la abuela leen el diario, cada una lo interpreta desde su propia vida, sus propias pérdidas, sus propias ideas sobre el amor. Tres generaciones, tres lecturas completamente distintas de un mismo texto, y ninguna equivocada del todo.
Es la más literaria de las tres y quizás la más difícil de ver, porque opera casi como una novela en imágenes: mucho texto, mucha voz interior, poca acción visible. Eso puede alejar a algunos espectadores, pero quien se deje llevar encuentra algo poco frecuente: una película que entiende que el primer amor no es solo un sentimiento sino el momento en que uno empieza a construir su propio lenguaje. Un cierre de trilogía que no cierra nada, sino que deja todo abierto, como corresponde.
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