Comentario: El primer texto en pantalla de esta película funciona como una llave que la mayoría deja pasar. Anuncia que quienes viven sin sueños hacen sufrir la realidad, vuelven caótica la historia y convulsionan el tiempo. Luego arranca la película y esa advertencia, que parecía decorativa, termina siendo el mapa exacto de la experiencia: realidad que sufre, historia caótica, tiempo que convulsiona. Son seis segmentos que atraviesan décadas, formas y géneros distintos, cada uno con su propio lenguaje, su propia piel. La ruta es táctil antes que narrativa. Ver esto es dejarse llevar por el cine como si fuera una textura.
La película avanza por los sentidos antes que por la razón. No pide que se entienda sino que se experimente, y en ese tránsito hay algo genuinamente gratificante: una fotografía que se siente como pintura, una banda sonora que llena los espacios que la imagen deja abiertos, una cámara que recorre los escenarios como si los estuviera tocando. Es un collage bello y difícil de descifrar, pero la dificultad no frustra. Uno sale de cada segmento sin saber muy bien qué pasó, pero habiendo sentido algo.
La dificultad real no es verla sino recomendarla. No hay argumento que resumir ni mensaje que entregar. Lo que queda es la experiencia, y la experiencia no se transfiere. Hay un director que sabe exactamente dónde va, aunque quien lo siga no siempre pueda verlo. Para quienes extrañan que el cine actúe sobre el cuerpo antes que sobre la cabeza, esto es exactamente eso. Para los demás, puede ser demasiado. La pregunta que deja abierta no es qué significa sino si uno está dispuesto a soñar aunque eso lo consuma.

