Comentario: El sol cae sobre las dunas y desde el primer minuto la propuesta se planta con una verdad que incomoda a quien llega desprevenido: el deseo dura más que la juventud. Un hombre de setenta y seis años vive ahí con la piel descubierta, entregado al placer y a la fiesta, dueño de un tiempo que él mismo se concede. La cámara se acerca a los cuerpos de frente, y esa franqueza sacude al espectador que esperaba una vejez más recatada. Las etapas de la vida se sueltan de la edad. Lo que la tradición empuja a lo reprimido aquí respira a plena luz, como una semilla que esperaba este calor para abrirse.
Un accidente parte la película en dos y arrastra al protagonista a un mundo cerrado, de paredes pálidas y horarios ajenos, donde la libertad de las dunas queda atrás como un verano que no vuelve. El cambio se siente en cada plano: la institución lo vigila, lo ordena, lo devuelve a un cuarto compartido donde vuelve a medir lo que muestra y lo que guarda. Ahí, donde el espectador apurado solo vería un drama de encierro, crece lo más vivo de la cinta. El compañero de habitación sostiene una fe sencilla que abre rendijas de ternura en ese pasillo de baldosas frías. Y la hija aparece con todo el peso de lo no dicho durante años, esos lazos de sangre que tensan la historia y le dan su temblor más humano. Los espacios terminan hablando por él, como si las habitaciones cargaran lo que su boca calla.
La cinta sostiene su forma con una arquitectura limpia, dos mitades que se responden como el calor y la sombra de un mismo día. El relato deja al protagonista frente a lo que de verdad importa: saber si aún queda margen para volver a uno mismo cuando el cuerpo empieza a fallar. La película toma partido por la libertad de habitar la propia piel hasta el último tramo y lanza una invitación cálida a dejar ser, a soltar el disfraz que la costumbre obliga a cargar. Al final queda rondando una reflexión de las que duelen: uno puede pasarse la vida saliendo del clóset y descubrir que el más difícil de abrir es el que tiene por dentro, ese que uno mismo cerró por miedo a no caber en su gente.

