Comentario: Son diez días de rituales, presión familiar y comida compartida donde suceden las conversaciones más difíciles. Anand regresa a su pueblo del oeste de la India a cumplir el duelo por su padre, y lo que encuentra es un tiempo forzado de introspección que la tradición le impone pero que él termina habitando de otra manera. En el campo abierto, lejos de la mesa familiar y sus preguntas sobre el matrimonio, hay algo que respira distinto. Ahí reencuentra a Balya, y lo que entre ellos existe —o existió— vuelve con la misma naturalidad con que crece algo entre piedras.
Lo que la película maneja con más maestría es lo que se calla. Entre Anand y Balya casi nada se nombra de frente; el deseo se mueve en miradas, en cercanías, en rodeos de palabra, porque la lengua que les tocó apenas tiene espacio para lo suyo. Esa contención es la materia misma del relato. El formato cuadrado los encierra, los acota dentro de un marco que reproduce las paredes invisibles a su alrededor, y los tiempos largos dejan que un gesto pese lo que tiene que pesar.
Sobre Anand recae, por ser el hijo varón, el peso de las ceremonias: encabezar los ritos, sostener a la madre, ocupar el lugar que su padre deja vacío. La tradición le entrega un papel entero y le pide que lo llene sin grietas, justo cuando lo que él es no cabe en ese molde. El reencuentro con Balya abre una puerta, mientras la mesa familiar insiste con la pregunta del matrimonio y los días corren hacia el regreso a la ciudad. Una película pequeña y valiente que cuenta lo suyo con la dulzura del fruto que le da nombre, sabiendo que crece entre espinas.

