Argumento: A principios de los 80, en el desierto chileno, Lidia, de once años, crece en el seno de una amorosa familia queer empujada al borde de un desagradable y polvoriento pueblo minero. Se les culpa de una misteriosa enfermedad que está empezando a propagarse, que se dice que se transmite a través de una sola mirada, cuando un hombre se enamora de otro. En este western moderno, Lidia lidera una búsqueda de venganza, enfrentándose a la violencia, el miedo y el odio, donde la familia es su único refugio y el amor podría ser el verdadero peligro. (FILMAFFINITY)
Comentario: La película se instala en el norte de Chile de los años ochenta como una fábula queer que dialoga con varios género; hay algo del western en esos espacios abiertos, ásperos, donde la ley parece difusa y la violencia se aprende por imitación; algo del relato de formación en el tránsito de una infancia que empieza a perder la inocencia y una capa de realismo mágico que hace visible lo que no encuentra palabras, amplia en su resonancia emocional, como si lo personal y lo colectivo avanzaran siempre juntos, empujándose mutuamente.
La mirada y el miedo operan como fuerzas narrativas que atraviesan toda la película. La creencia de que una “mirada misteriosa” puede provocar la enfermedad funciona como una metáfora inquietante de la paranoia colectiva: no es el virus lo que primero contamina, sino el temor, el rumor, la sospecha que se instala y crece sin control. El miedo, alimentado por la ignorancia y el aislamiento, se vuelve más dañino que aquello que dice combatir, transformándose en una violencia cotidiana que se ejerce desde lo social antes que desde lo físico.
En ese paisaje áspero, la comunidad queer aparece como una forma alternativa de hogar. El grupo de mujeres trans, travestis y drag queens que habita el desierto construye una familia elegida que se sostiene en el cuidado mutuo, en gestos mínimos de protección y en una convivencia que desafía el orden impuesto. No hay idealización: la dureza del entorno atraviesa sus cuerpos y rutinas, pero también lo hace una ternura persistente, casi obstinada, que permite resistir. Frente a una sociedad que mira con desconfianza y responde con miedo, estos vínculos ofrecen otra lógica posible: la de acompañarse para sobrevivir, la de crear comunidad allí donde el abandono parece definitivo.

