Argumento: La misión de un pelotón ucraniano es atravesar un kilómetro y medio de bosque fuertemente fortificado para liberar un pueblo estratégico de las fuerzas rusas. Un periodista les acompaña y es testigo de los estragos de la guerra y de la creciente incertidumbre sobre su conclusión. (FILMAFFINITY)
Comentario: El acceso permanente a las cámaras ha transformado la manera en que vemos la guerra, y 2000 Meters to Andriivka es quizá una de sus expresiones más radicales. Las pequeñas cámaras de acción, adheridas a cascos y cuerpos, registran la vida —y la muerte— sin mediación aparente, como si todo estuviera siendo filmado incluso antes de que exista la intención de hacer una película. El documental lleva el realismo hasta un punto límite. Esa cercanía genera una incomodidad inevitable, porque mientras entendemos el valor testimonial de estas imágenes, también aparece la duda persistente sobre si la guerra debería convertirse en algo que miramos sentados, casi como una experiencia cinematográfica.
Entre el patriotismo y la camaradería se construye el corazón humano del documental. Los soldados avanzan juntos sostenidos por una lealtad casi íntima, compartiendo bromas, cansancio y silencios que revelan cuánto necesitan unos de otros para seguir adelante. Resulta especialmente inquietante saber que muchos son voluntarios: jóvenes que eligieron estar allí y que cargan sobre sus cuerpos el costo inmediato de la guerra. La juventud pone los muertos mientras, lejos del frente, las madres sufren en todos los bandos una pérdida que nunca distingue fronteras ni discursos nacionales. En medio de ese compañerismo y de ese impulso patriótico emerge una reflexión inevitable sobre el profundo sinsentido del conflicto, donde cada metro conquistado parece confirmar más la resistencia humana que la lógica misma de la guerra.
Lo que queda al final es una profunda reflexión sobre la inutilidad devastadora del conflicto y sobre nuestra posición como espectadores. Esta cinta es un ejercicio documental poderoso precisamente porque parece intervenir lo menos posible; su aspereza nace de una realidad casi intacta, sin filtros que suavicen el horror. Recomendarla implica aceptar una dualidad moral difícil de resolver: es cine necesario porque acerca una realidad que no debería ignorarse, pero también deja la sensación inquietante de no saber si realmente deberíamos verla. Asistir a estas imágenes significa enfrentarse a una verdad cruda y miserable, y salir de ella con una confusión ética que quizá sea, justamente, el efecto más honesto que el documental puede provocar.

